La asexualidad —la ausencia persistente de atracción sexual hacia otras personas— es el mejor caso disponible para observar cómo nace una categoría de identidad, porque nació hace poco, en un sitio concreto y con archivo público. El fenómeno que describe es antiguo y estaba medido desde 1948; lo que tiene veinticinco años es la palabra usada en primera persona, la comunidad que la sostiene y el vocabulario derivado. En sociología del conocimiento no suele darse la ocasión de ver el proceso entero: aquí está registrado en foros con fecha.
El antecedente estadístico es la categoría X de Kinsey. Al construir su escala de siete posiciones, Kinsey se encontró con encuestados que no encajaban en ninguna porque no declaraban reacción sociosexual de ningún signo, y los apartó en un grupo aparte, sin nombre y sin teoría. Los apartó, literalmente: la X no es un punto de la escala sino su afuera. Michael Storms formalizó el problema en 1980 al proponer sustituir la recta por un plano de dos ejes independientes —atracción por hombres y atracción por mujeres—, en el que la esquina con valores bajos en ambos deja de ser un residuo y pasa a ser una posición. Es una modificación matemática mínima con una consecuencia conceptual grande: la ausencia de deseo deja de ser un fallo de medida y se convierte en un dato.

La cifra que se cita siempre viene de Anthony Bogaert, que en 2004 reanalizó la encuesta probabilística británica de 1990 —más de 18.000 entrevistas— buscando a quienes habían marcado la opción «nunca me he sentido atraído sexualmente por nadie». Salió un 1,05 %. Es el número que hizo entrar el asunto en la literatura académica, y conviene leerlo con cuidado: procede de una casilla de un cuestionario diseñado para otra cosa, no de un instrumento pensado para medir asexualidad. Las estimaciones posteriores van del 0,4 % al 5,5 % según cómo se pregunte, lo cual dice menos sobre la variación de la población que sobre la sensibilidad de la medida al enunciado, el mismo problema que atraviesa toda la estadística sexual.
El paso de la categoría estadística a la identidad ocurrió fuera de la academia. En 2001 David Jay, entonces estudiante, abrió AVEN —Asexual Visibility and Education Network—, un sitio con un foro. Lo decisivo no fue la web sino el problema previo que resolvía: una persona que no siente atracción sexual no tiene, a diferencia de casi cualquier otra minoría, un modo de reconocer a un semejante en la calle, en el barrio o en la familia. Su rasgo no es visible, no se hereda y no genera concentración territorial. Antes de las redes, la probabilidad de que dos personas así se encontraran y compararan experiencias era prácticamente nula. La comunidad asexual es la primera que se constituye enteramente por búsqueda de texto.

Lo que produjo esa comunidad en veinte años es un aparato terminológico bastante fino, y ahí está la aportación conceptual. La distinción entre atracción sexual y atracción romántica permite describir posiciones que el vocabulario anterior no podía nombrar: alguien arromántico y no asexual, alguien asexual y heterorromántico. La separación entre atracción, deseo, conducta y libido deshace confusiones habituales —la asexualidad no es celibato, que es una decisión; no es abstinencia, que es una conducta; no es bajo deseo, que es una intensidad. Términos como demisexual o gris-asexual nombran gradientes intermedios. Todo eso se elaboró en foros, sin financiación ni credenciales, y después lo recogió la literatura académica: Kristin Scherrer en 2008 y Mark Carrigan en 2011 hicieron etnografía de la comunidad y encontraron una categoría ya teorizada por sus propios miembros.
La consecuencia clínica llegó en 2013. El DSM-5 mantuvo los diagnósticos de deseo sexual hipoactivo y trastorno del interés sexual, pero añadió una cláusula de exclusión: no se diagnostica si la persona se identifica como asexual. Es un movimiento poco frecuente y sociológicamente notable —una nomenclatura psiquiátrica cediendo terreno a una autodescripción producida en internet— y recorre en sentido inverso el camino que la sexología del XIX había abierto: allí la clínica fabricaba las categorías y las personas las heredaban; aquí la categoría llega desde abajo y la clínica la incorpora.
Las objeciones existen y no son frívolas. La primera es de validez: buena parte de la investigación se hace sobre muestras de conveniencia reclutadas en los propios foros —jóvenes, occidentales, con estudios, angloparlantes—, de modo que se mide a la comunidad organizada, no al 1 % de la población. La segunda es de diagnóstico diferencial: separar una orientación estable de los efectos de un trastorno, un trauma o una medicación es difícil, y hacerlo solo por autoidentificación es una decisión metodológica con coste. La tercera, y la más interesante, viene de la propia teoría: si se admite que la asexualidad es una identidad porque hay gente que se reconoce en ella, hay que admitir lo mismo para el resto de las etiquetas, incluida la que se considera por defecto.
Ese es justamente el rendimiento analítico del caso. Ela Przybylo ha propuesto llamar sexualidad obligatoria al supuesto —normalmente invisible— de que toda persona sana desea, y de que no desear pide explicación mientras que desear no la pide. La existencia de la asexualidad como categoría no descubre un grupo nuevo tanto como vuelve visible una norma antigua, del mismo modo que la invención del homosexual hizo aparecer al heterosexual. Una norma solo se ve cuando alguien deja de cumplirla y le pone nombre a lo que hace.
Cómo se mide la sexualidad – La invención de la heterosexualidad – Las estéticas de internet – Orientación sexual – Celibato – Libido o deseo sexual – Atracción sexual – Identidades horizontales
Fuentes
- Alfred C. Kinsey, Wardell B. Pomeroy y Clyde E. MartinSexual Behavior in the Human MaleW. B. Saunders, Filadelfia1948
- Michael D. StormsTheories of Sexual OrientationJournal of Personality and Social Psychology 38(5), pp. 783-7921980
- Anthony F. BogaertAsexuality: Prevalence and Associated Factors in a National Probability SampleThe Journal of Sex Research 41(3), pp. 279-2872004
- Kristin S. ScherrerComing to an Asexual Identity: Negotiating Identity, Negotiating DesireSexualities 11(5), pp. 621-6412008
- Mark CarriganThere's More to Life than Sex? Difference and Commonality within the Asexual CommunitySexualities 14(4), pp. 462-4782011
- Ela PrzybyloAsexual Erotics: Intimate Readings of Compulsory SexualityOhio State University Press, Columbus2019
- American Psychiatric AssociationDiagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition (DSM-5)American Psychiatric Publishing, Arlington2013