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Intertextualidad

La intertextualidad es la relación de un texto con otros textos, entendida no como un adorno erudito sino como su condición de existencia. El término lo acuñó Julia Kristeva en 1966 al presentar en Francia la obra del crítico ruso Mijaíl Bajtín, y su formulación célebre —que todo texto es un mosaico de citas y se construye como absorción y réplica de otros textos— tiene un filo que la divulgación posterior ha limado: no dice que los escritores se inspiren unos en otros, dice que no hay texto sin otros textos dentro, y que buscar en él una voz original y única es buscar algo que no existe.

El antecedente es la teoría del dialogismo de Bajtín, elaborada en los años veinte y treinta. Bajtín sostenía que ningún enunciado es el primero: cada palabra llega ya usada, cargada con los acentos y las valoraciones de quienes la han pronunciado antes, y por eso hablar es siempre responder. Aplicado a la novela, ese principio produce el concepto de polifonía —la coexistencia de voces y visiones del mundo que el narrador no reduce a una sola, como en Dostoievski— y el de heteroglosia, la presencia en la novela de todos los lenguajes sociales de su época. Kristeva tradujo eso a un vocabulario estructuralista y desplazó el énfasis del diálogo entre sujetos al cruce entre textos, movimiento que Roland Barthes llevó al extremo con la muerte del autor: si el texto es un tejido de citas procedentes de mil focos de cultura, el autor no es su origen sino un lugar donde esas citas se cruzan.

Grabado de Doré para el Quijote: don Quijote leyendo en su biblioteca rodeado de figuras imaginarias
Fig. 1 Grabado de Héliodore Pisan a partir de Gustave Doré para el primer capítulo del Quijote: el hidalgo en su biblioteca, con las criaturas de los libros de caballerías saliendo de las páginas. La novela que suele considerarse la primera moderna es también el caso extremo de intertextualidad: su protagonista es un lector, su trama consiste en aplicar un género literario a la realidad, y en la segunda parte los personajes han leído la primera y discuten con la continuación apócrifa que otro autor había publicado mientras tanto.Héliodore Pisan, a partir de Gustave Doré · 1863 · Dominio público · Wikimedia Commons

Gérard Genette ordenó el campo en Palimpsestos (1982) y su clasificación sigue siendo la herramienta práctica más útil, entre otras cosas porque distingue relaciones que el uso corriente amalgama. Llama intertextualidad en sentido estricto a la presencia efectiva de un texto en otro: la cita, con marcas explícitas; el plagio, sin ellas; la alusión, que exige del lector la competencia para reconocerla. Llama paratextualidad a lo que rodea al texto y condiciona su lectura —título, prólogo, dedicatoria, notas, cubierta—, campo que ha resultado enormemente fértil. Metatextualidad es el comentario de un texto sobre otro, es decir la crítica. Hipertextualidad es la derivación de un texto entero a partir de otro anterior, y aquí caben la parodia, el pastiche, la continuación y la reescritura: el Ulises de Joyce sobre la Odisea, la Antígona de Anouilh sobre la de Sófocles, y toda la refundición de obras teatrales del Siglo de Oro. Y architextualidad es la relación de un texto con el género al que pertenece, la más silenciosa y la más determinante de todas: el lector que abre una novela policiaca sabe qué esperar antes de la primera línea.

La utilidad crítica del concepto está en que sustituye una pregunta pobre por otra productiva. La vieja búsqueda de fuentes —la Quellenforschung filológica— preguntaba de dónde había sacado el autor tal motivo, y su respuesta era un dato de historia literaria. La intertextualidad pregunta qué hace el texto con lo que trae dentro: si lo cita para autorizarse, para discutirlo, para ridiculizarlo o para vaciarlo. Y como la relación no depende de que el autor la haya querido, permite analizar cruces que ninguna biografía justificaría: un texto puede dialogar con otro que su autor no leyó, porque el lector los pone en contacto y porque los dos participan de los mismos códigos. Ahí está la diferencia con la teoría de la influencia de Harold Bloom, que es una historia de padres y de hijos, de deudas y de angustias entre autores individuales; la intertextualidad es impersonal y no reparte méritos.

El precio de la popularidad del término ha sido su dilución. Hoy se llama intertextualidad a cualquier guiño, cualquier referencia y cualquier cita reconocible, y en ese uso la palabra no explica nada: sirve para señalar que se ha detectado el guiño, que es exactamente la operación erudita que Kristeva quería desplazar. Conviene por eso separar dos niveles. Como propiedad general de todo texto, la intertextualidad es una tesis teórica fuerte —y en su versión radical, discutible, porque si todo texto es intertextual el concepto pierde capacidad de discriminar—. Como conjunto de relaciones concretas y descriptibles, en la línea de Genette, es un instrumento de análisis afilado. La confusión entre ambos usos produce el comentario de texto que se limita a inventariar alusiones y llamarlo interpretación.

Dos observaciones finales. La primera es que el fenómeno no es moderno ni occidental: la literatura clásica funcionaba por imitatio declarada, la medieval por glosa y comentario, y muchas tradiciones orales por reelaboración constante de un repertorio compartido —el propio concepto de originalidad autorial es reciente y local—. La segunda es que la intertextualidad ha encontrado en los medios digitales su forma más literal. El enlace hace visible la relación entre textos, el remix y el meme funcionan por cita reconocible, y los modelos de lenguaje generan texto a partir de un corpus previo sin autor localizable: es difícil imaginar una ilustración más exacta del mosaico de citas de Kristeva, y también del problema que su planteamiento deja sin resolver, que es cómo se atribuye la responsabilidad de lo dicho cuando se ha disuelto al sujeto que lo dice.

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Sarasola, Josemari (2026). "Intertextualidad". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/intertextualidad/

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