La intersexualidad es el conjunto de situaciones en las que las características sexuales de una persona —cromosomas, gónadas, hormonas o anatomía— no encajan de forma inequívoca en las definiciones típicas de masculino o femenino. No es una identidad ni una orientación: es una descripción de rasgos corporales, y por tanto algo distinto tanto de la identidad de género como de la orientación sexual. La confusión entre esas tres cosas es constante y conviene deshacerla de entrada, porque de ella derivan la mayoría de los malentendidos del asunto.
Su existencia obliga a precisar en qué consiste el sexo biológico, que la exposición escolar presenta como un dato único y resulta ser una superposición de niveles que normalmente coinciden y a veces no. El sexo cromosómico puede ser XX, XY u otras combinaciones. El sexo gonadal depende de que se desarrollen ovarios, testículos o tejido mixto, proceso que a su vez depende de una cascada de genes y no solo del cromosoma Y. El sexo hormonal depende de la producción de andrógenos y estrógenos y, sobre todo, de que los receptores celulares respondan a ellos. Y el sexo morfológico es el resultado visible de todo lo anterior. Cada nivel puede seguir su curso típico o no, y las variaciones intersexuales son precisamente los casos en que dos niveles no concuerdan. El síndrome de insensibilidad a los andrógenos, por ejemplo, produce personas con cariotipo XY, testículos internos y anatomía externa femenina, porque el receptor no responde a una hormona que sí se está produciendo.

La terminología ha cambiado dos veces en veinticinco años y el cambio no es cosmético. El término clásico, hermafroditismo, con sus subdivisiones en verdadero y seudo, se abandonó por inexacto y por estigmatizante: no describe lo que ocurre y arrastra una carga mitológica y circense. En 2005 una conferencia de consenso propuso sustituirlo por trastornos del desarrollo sexual, en inglés disorders of sex development, lo que unificó la nomenclatura clínica y resolvió el problema descriptivo a cambio de crear otro, porque llamar trastorno a un cuerpo sano que simplemente es atípico es una decisión con consecuencias. Las organizaciones de personas intersexuales propusieron entonces leer la misma sigla como diferencias o variaciones del desarrollo sexual, y esa es la fórmula que hoy predomina en documentos de derechos humanos y en buena parte de la literatura médica. La discusión terminológica es en realidad una discusión sobre si se está tratando una enfermedad o gestionando una variación.
De la respuesta a esa pregunta depende la cuestión ética central, que es la de las intervenciones tempranas. Durante la segunda mitad del siglo XX se impuso un protocolo, asociado sobre todo a John Money y al hospital Johns Hopkins, que sostenía que la identidad de género era maleable en los primeros años y recomendaba asignar cuanto antes un sexo, operar la anatomía para hacerla concordar y no informar después al paciente. La lógica era que la ambigüedad genital constituía una urgencia psicosocial. El caso que sirvió durante décadas como prueba de la teoría —el de David Reimer, un niño no intersexual reasignado tras un accidente quirúrgico y criado como niña— resultó ser su refutación: Reimer rechazó la asignación en la adolescencia, revirtió su identidad y hizo público el caso en los años noventa antes de suicidarse en 2004. A partir de ahí, y con el testimonio acumulado de adultos intervenidos en la infancia, la posición ha cambiado: distinguir las intervenciones necesarias —las que resuelven un problema médico real, como una obstrucción urinaria o el riesgo tumoral de determinadas gónadas— de las cosméticas, cuyo objetivo es la apariencia y que pueden implicar pérdida de sensibilidad, cicatrices, dependencia hormonal de por vida y una asignación con la que la persona quizá no se identifique. Varios países han prohibido por ley las segundas hasta que el paciente pueda consentir, y organismos de derechos humanos de Naciones Unidas y del Consejo de Europa las han calificado de vulneración cuando se practican sin consentimiento informado.
Sobre la frecuencia circulan dos cifras muy distintas y ambas son citadas como si fueran la misma. La estimación de en torno al 1,7 % de los nacimientos, procedente de un trabajo de Anne Fausto-Sterling, incluye variaciones cromosómicas que no producen ambigüedad genital ni se detectan durante la infancia; los recuentos que se limitan a los casos en que el sexo no puede asignarse a simple vista al nacer dan cifras del orden de uno o dos por cada diez mil. Ninguna de las dos es incorrecta: cuentan cosas distintas, y usar la primera para hablar de la segunda —o al contrario— es la operación más habitual en el debate público sobre el tema. El dato relevante depende de la pregunta: para dimensionar la atención sanitaria neonatal importa la cifra estrecha; para discutir si el binarismo sexual describe adecuadamente la variación humana, la amplia.
Queda por señalar lo que la intersexualidad aporta a la teoría, más allá de la clínica. Es el contraejemplo empírico que impide tratar el sexo como una variable de dos valores establecida por un solo mecanismo, y obliga a formularlo como un conjunto de rasgos correlacionados con excepciones documentadas. Eso no convierte el sexo en una construcción arbitraria —los niveles son medibles y sus mecanismos, conocidos con bastante detalle— pero sí desmonta la idea de que exista un criterio único y definitivo, cuestión con consecuencias muy concretas en el sexo legal y en la reglamentación deportiva, donde ha habido que elegir explícitamente qué nivel se toma como definición y ninguna elección ha resultado incontrovertida.
Sexo biológico – Binarismo sexual – Sexo cromosómico – Identidad de género – Sexo legal