Los informes Kinsey son los dos volúmenes que Alfred C. Kinsey y su equipo de la Universidad de Indiana publicaron en 1948 y 1953 con los resultados de miles de entrevistas sobre conducta sexual, y que convirtieron la sexualidad humana en objeto de estadística. Sexual Behavior in the Human Male y Sexual Behavior in the Human Female eran libros técnicos, densos, llenos de tablas y publicados por una editorial médica; vendieron cientos de miles de ejemplares y provocaron un escándalo que llegó al Congreso de los Estados Unidos.
El planteamiento venía de la biología y no de la clínica. Kinsey era entomólogo y había pasado dos décadas coleccionando y midiendo avispas del género Cynips, con centenares de miles de ejemplares reunidos para documentar la variación dentro de una especie. Al ocuparse de la conducta humana aplicó el mismo criterio: no buscar el tipo normal y catalogar las desviaciones, sino registrar la variación y describir su distribución. Ese cambio de mirada es lo que hace de los informes un acontecimiento intelectual y no solo un dato: si la variación es el hecho primario, entonces la categoría de conducta anormal deja de tener contenido descriptivo y se convierte en un juicio, que es exactamente lo que Kinsey sostuvo. La orientación sexual, en particular, dejó de ser una tipología de personas para pasar a ser una distribución de conductas y de atracciones.
La herramienta más recordada es la escala de Kinsey, un continuo de siete posiciones —de 0, exclusivamente heterosexual, a 6, exclusivamente homosexual, con una categoría X para quienes no declaran atracción alguna— que el equipo asignaba a partir de la conducta y de las respuestas psíquicas declaradas, y no de la identidad que el entrevistado se atribuyera. La escala tuvo dos efectos duraderos. Puso en circulación la idea de que entre los dos extremos hay tránsito y grados, con lo que la bisexualidad dejó de ser una anomalía teórica. Y desplazó el análisis desde el ser al hacer: no preguntaba qué es alguien, sino qué ha hecho y qué ha sentido, distinción que la investigación epidemiológica posterior tuvo que redescubrir por su cuenta al comprobar que la identidad declarada y la conducta real no coinciden. Sus límites son igual de conocidos: la escala es unidimensional, mezcla atracción y práctica en un solo número, no distingue el deseo del comportamiento ni de la vinculación afectiva, y no tiene lugar para la asexualidad más allá de una casilla aparte. De ahí las propuestas posteriores de rejillas multidimensionales, como la de Fritz Klein, que separan atracción, fantasía, conducta, preferencia social y autoidentificación, y las miden además en tres momentos temporales.
Las críticas metodológicas son serias y conviene tomarlas en serio, porque el caso Kinsey se ha convertido en el ejemplo clásico de un problema de muestreo. La muestra no era aleatoria ni representativa de la población estadounidense: se obtuvo por reclutamiento voluntario y por contacto con grupos completos —clases universitarias, asociaciones, congregaciones—, con sobrerrepresentación de personas blancas, universitarias y del Medio Oeste, y con la inclusión de un número considerable de reclusos y de personas contactadas a través de redes homosexuales, lo que altera las frecuencias en la dirección más discutida de todas. Kinsey defendía que su método de entrevista —cientos de preguntas encadenadas, memorizadas por el entrevistador, formuladas de manera que dieran por supuesta la conducta— reducía la ocultación mejor que cualquier cuestionario, y probablemente tenía razón en eso; pero un buen instrumento aplicado a una muestra sesgada no produce una estimación válida de la población. Una comisión de la Asociación Estadounidense de Estadística evaluó los informes en 1954 y su dictamen fue matizado: elogió la técnica de entrevista y consideró inaceptable la generalización de los porcentajes. Es la valoración que sigue vigente.
Por eso las cifras que circularon como si fueran constantes de la naturaleza no lo son. La más famosa —que un diez por ciento de los varones serían homosexuales— no está en los informes con esa forma: lo que aparece es que en torno a un diez por ciento declaró conducta predominantemente homosexual durante al menos tres años de su vida adulta, dato acotado en el tiempo y en la definición, y que la encuesta con muestreo probabilístico posterior ha reducido a valores muy inferiores según qué se mida. La cifra se convirtió sin embargo en emblema político y se citó durante medio siglo por unos como prueba de normalidad y por otros como prueba de fraude, sin que casi nadie volviera al texto original. Es un buen recordatorio de lo que le ocurre a un dato cuando abandona su metodología.
Lo que sí sobrevive intacto es el efecto cultural y el metodológico. Los informes abrieron el camino a que la sexualidad se investigara con métodos empíricos y a que existieran datos, no impresiones, sobre lo que la gente hace; hicieron públicamente discutible lo que era indecible; y contribuyeron de forma decisiva al proceso que llevó a la despatologización de la homosexualidad dos décadas después. Al mismo tiempo dejaron a la disciplina una advertencia que le sigue costando: en un terreno donde la participación es voluntaria y la conducta está socialmente sancionada, el problema difícil no es preguntar, es saber a quién se le ha preguntado.
Orientación sexual – Bisexualidad – Historia de la sexología – Muestra sesgada – Sesgo de selección