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El suicidio de Durkheim

El suicidio (Le suicide, 1897) es el estudio con que Émile Durkheim quiso demostrar, sobre el caso más adverso imaginable, que la sociología era una ciencia con objeto propio. El suicidio parece el acto privado por excelencia: una decisión tomada a solas, explicable —si acaso— por la desesperación, la enfermedad o el temperamento de quien lo comete. Durkheim eligió precisamente ese terreno para mostrar lo contrario: que cada sociedad tiene una tasa de suicidio notablemente estable de año en año, distinta de la de sus vecinas, y que esa estabilidad no puede explicarse sumando infortunios individuales — los desesperados de este año no son los del anterior, pero la cifra apenas se mueve. La tasa es, en su vocabulario, un hecho social: una realidad que se impone al individuo desde fuera y que solo otro hecho social puede explicar.

Retrato fotográfico de Émile Durkheim, con lentes y barba
Fig. 1 Émile Durkheim. Cuando publicó El suicidio tenía treinta y nueve años y una cátedra de pedagogía y ciencia social en Burdeos: la palabra «sociología» aún no tenía cátedra propia en Francia, y el libro fue parte de la campaña para conseguírsela.Autoría desconocida · 1917 · Dominio público · Wikimedia Commons

El libro procede primero por eliminación. Con las estadísticas oficiales de media Europa —cientos de miles de casos, que su sobrino Marcel Mauss ayudó a tabular a mano—, Durkheim descarta las explicaciones extrasociales de su tiempo: la locura (las mujeres pueblan más los manicomios y se suicidan cuatro veces menos), la raza, la herencia, el clima y la imitación, esta última contra Gabriel Tarde, su rival directo. Lo que queda en pie es un sistema de correlaciones: los protestantes se suicidan más que los católicos y estos más que los judíos; los solteros más que los casados, y los casados con hijos menos que nadie; las tasas caen en las guerras y las revoluciones y suben tanto en las crisis económicas como en los auges repentinos. De ahí extrae sus dos variables —integración y regulación— y su tipología. El suicidio egoísta crece cuando los lazos que ligan al individuo a un grupo se aflojan: el protestantismo deja al creyente solo ante Dios, el celibato lo deja solo ante la vida. El altruista es su espejo, el exceso de integración que hace la vida individual barata: el ejército, con tasas superiores a las civiles, o los sacrificios rituales. El anómico responde a la falta de regulación: cuando la escala que decía cuánto era suficiente salta por los aires, el deseo queda sin límite y por tanto sin satisfacción posible — es el desarrollo del concepto de anomia. El cuarto tipo, el fatalista del exceso de regulación, quedó en una nota al pie que la posteridad ha releído sin descanso.

Portada tipográfica de Le Suicide, editorial Félix Alcan, París, 1897
Fig. 2 Portada de la primera edición (Félix Alcan, París, 1897). El subtítulo es el manifiesto: «étude de sociologie», estudio de sociología, sobre el asunto que parecía pertenecerle a cualquier disciplina menos a esa.Félix Alcan (editor) · 1897 · Dominio público · Wikimedia Commons

La influencia del libro tiene dos pisos. Como resultado, fundó la tradición cuantitativa de la sociología y sigue generando programa de investigación: Pescosolido y Georgianna tradujeron integración a redes sociales concretas y encontraron que la protección religiosa depende de la densidad de la red, no del dogma. Como gesto, fue una operación institucional deliberada — Durkheim publicó a la vez el estudio y el manifiesto metodológico que lo justificaba, y el éxito de ambos le dio a la sociología francesa cátedra, revista y escuela. Pocas obras han hecho tanto por una disciplina mostrando, con un solo caso, qué clase de preguntas podía responder ella y nadie más.

Las objeciones, sin embargo, tocan el nervio del método. La primera es aritmética: Durkheim razona con agregados —departamentos, países, confesiones— y concluye sobre individuos, el patrón que W. S. Robinson bautizaría en 1950 como falacia ecológica. Que las provincias protestantes tengan más suicidios no prueba que se suiciden los protestantes. Cuando van Poppel y Day pudieron esquivar la falacia con registros individuales holandeses del XIX, encontraron que buena parte de la diferencia confesional se evapora: era un artefacto de registro. Y ese es el segundo golpe, el de Jack Douglas: las estadísticas oficiales no son un termómetro neutro sino el producto de jueces, médicos y familias decidiendo qué muertes llamar suicidio — y como el estigma católico era mayor, sus suicidios se registraban como accidentes o «causas desconocidas» con más frecuencia. La variable explicativa fabricaba en parte la variable explicada. Maurice Halbwachs, discípulo de Durkheim, ya había rebajado en 1930 la tipología desde dentro: reexaminados los datos, la oposición operativa era el género de vida urbano contra el rural, y los tipos puros de su maestro se fundían en uno. A todo ello se añade la crítica conceptual: definir el suicidio desde fuera de los significados que los propios actores le dan es exactamente lo que un durkheimiano debe hacer y lo que un intérprete no puede aceptar, de modo que el libro funciona todavía como la frontera didáctica entre las dos sociologías.

Hasta el adversario que Durkheim creyó liquidar ha vuelto por sus fueros. Contra Tarde, el libro dedica un capítulo a negar que la imitación pueda producir la tasa social de suicidio, concediéndole apenas efectos locales sin huella estadística. En 1974 David Phillips encontró exactamente esa huella: las tasas estadounidenses y británicas suben de forma medible en el mes siguiente a un suicidio de primera página, proporcionalmente a la difusión de la noticia — lo bautizó efecto Werther, por la ola atribuida a la novela de Goethe, y la investigación posterior lo consolidó hasta convertirlo en política pública: las guías que hoy piden a la prensa no detallar el método ni romantizar al suicida son, en la práctica, el capítulo de Tarde convertido en norma deontológica. La rehabilitación no derriba a Durkheim —el contagio modula el corto plazo, no explica por qué la tasa danesa triplica la italiana década tras década—, pero enseña algo sobre los clásicos: también sus victorias polémicas caducan, y a veces lo enterrado era una variable, no un error.

Nada de esto ha jubilado el estudio, y la razón es instructiva: sus errores fueron tan productivos como sus hallazgos. La falacia ecológica, la crítica de las estadísticas oficiales y la sociología de la cuantificación existen en buena medida porque El suicidio dio algo lo bastante preciso que refutar. El libro enseñó que la pregunta «¿por qué se mata la gente?» y la pregunta «¿por qué esta sociedad produce esta tasa?» son preguntas distintas, con métodos distintos — y esa distinción, que es su verdadera tesis, ha sobrevivido a casi todas sus cifras.

AnomiaHecho socialFuncionalismoMuestra sesgadaLa ética protestante y el espíritu del capitalismo

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Fuentes

  1. Émile DurkheimLe suicide. Étude de sociologieFélix Alcan1897
  2. Enrico MorselliIl suicidio. Saggio di statistica morale comparataDumolard1879
  3. Maurice HalbwachsLes causes du suicideFélix Alcan1930
  4. Jack D. DouglasThe Social Meanings of SuicidePrinceton University Press1967
  5. Bernice A. Pescosolido y Sharon GeorgiannaDurkheim, Suicide, and Religion: Toward a Network Theory of SuicideAmerican Sociological Review1989
  6. David P. PhillipsThe Influence of Suggestion on Suicide: Substantive and Theoretical Implications of the Werther EffectAmerican Sociological Review1974
  7. Frans van Poppel y Lincoln H. DayA Test of Durkheim's Theory of Suicide — Without Committing the «Ecological Fallacy»American Sociological Review1996
Sarasola, Josemari (2026). "El suicidio de Durkheim". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-suicidio-de-durkheim/

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