En el Japón de los Tokugawa (1603-1868) el amor entre varones tenía nombre propio, literatura propia, manuales de conducta y un lugar reconocido en el orden social. Se llamaba nanshoku —«colores masculinos», con el sentido de eros masculino— y su versión codificada, con reglas de lealtad y obligación, shudō, abreviatura de wakashudō, «la vía del joven». No era una desviación tolerada ni un secreto: era una de las dos vías del deseo, comparable a la que llevaba a las mujeres, y los tratados de la época discutían cuál de las dos convenía a cada edad y estamento con la misma naturalidad con que discutían de vino o de teatro.

La pieza que hace este caso interesante para la antropología es el wakashū. No era un adolescente sin más: era una tercera categoría de género reconocida, con peinado propio, ropa propia, formas de tratamiento propias y un régimen de deseo específico —podía ser objeto de deseo de hombres adultos y de mujeres, y a la vez desear a mujeres. Se dejaba de ser wakashū en el genpuku, la ceremonia de mayoría de edad en la que se rasuraba el flequillo y se cambiaba el nombre. Es decir: la posición era temporal y obligatoria para todos, no una identidad ni una minoría. Joshua Mostow y Asato Ikeda mostraron en 2016, con las estampas en la mano, que la iconografía de la época distingue tres figuras y no dos, y que buena parte de las bellezas que Occidente catalogó durante un siglo como mujeres eran wakashū.

Los tres escenarios sociales son los monasterios, la clase guerrera y la ciudad. En el budismo, el celibato respecto de las mujeres dejaba abierta una vía que las reglas monásticas no cerraron con la misma firmeza, y la relación entre un monje y su acólito chigo llegó a tener su propia literatura devocional. Entre los samuráis, el shudō se pensó como pedagogía marcial: un guerrero maduro, el nenja, tomaba a un joven bajo su protección, le enseñaba las armas y la etiqueta, y ambos se debían lealtad; el Hagakure (1716) dedica pasajes a las obligaciones de ese vínculo y advierte contra tomarlo a la ligera. En la ciudad, la escena se comercializó: los barrios de placer ofrecían kagema, jóvenes prostitutos, a menudo asociados a los teatros.


El teatro kabuki ofrece el mejor ejemplo de cómo la política produce categorías estéticas. El wakashū-kabuki, interpretado por jóvenes, se prohibió en 1652 por los disturbios que provocaba la competencia por sus actores —igual que antes se había prohibido el kabuki de mujeres—; la solución fue obligar a los actores a rasurarse el flequillo y presentarse como adultos. De esa imposición administrativa nació el onnagata, el especialista en papeles femeninos, que convirtió la interpretación del género en una técnica transmisible y llevó al extremo la idea de que lo femenino es un repertorio de gestos aprendidos, no una propiedad del cuerpo.

La literatura de la época discutía las dos vías del deseo como se discute una preferencia estética, y el género tenía nombre: el shudō ronsō, la disputa sobre cuál de los dos amores es superior. Saikaku dedica a ella el primer relato de Nanshoku ōkagami, y la respuesta —el amor masculino gana— es tan convencional como el elogio del vino en un banquete: forma parte del juego. Ese detalle importa para calibrar el conjunto. Una sociedad que organiza debates retóricos sobre si conviene más el amor de las mujeres o el de los muchachos no está tolerando una minoría: está eligiendo entre dos repertorios disponibles para el mismo sujeto. Gary Leupp añadió a esa imagen la dimensión económica: en las ciudades de Edo y Osaka, con una población masculina muy superior a la femenina por la afluencia de trabajadores y de samuráis desplazados, el mercado sexual masculino tenía tarifas, casas de té especializadas y guías impresas, exactamente igual que el femenino.
Lo que ordena el sistema, como en Grecia, no es el sexo de los participantes sino la asimetría de edad y estatus. Las dos posiciones no son intercambiables: hay un mayor y un menor, y cada uno tiene obligaciones distintas. Por eso no existía una identidad equivalente a «homosexual», y por eso el hombre casado con hijos que mantenía una relación con un wakashū no estaba haciendo nada que exigiera explicación. Gregory Pflugfelder describió el cambio posterior como un paso de una cartografía basada en roles a otra basada en tipos de persona: exactamente la misma transformación que Foucault fecha en Europa, ocurrida en Japón medio siglo más tarde y por importación.
El final es rápido y está documentado. El Japón Meiji, que se reformaba mirando a Occidente, introdujo en 1873 un delito de sodomía —keikanzai— tomado de modelos extranjeros; lo derogó con el código penal de 1880, redactado con asesoría francesa y por tanto sin ese artículo, de modo que la prohibición legal duró menos de una década. La ruptura de fondo no fue penal sino médica: la traducción de la sexología alemana, y muy en particular de Krafft-Ebing, trajo el vocabulario de la perversión y la inversión, y con él la idea de que existe una clase de personas anormales. En una generación, una tradición literaria de siglos se volvió impresentable. No la abolió una ley: la abolió un diccionario.
El amor griego – La invención de la heterosexualidad – Los hijras de la India – Los dos espíritus – Géneros no binarios transculturales – Rol de género – Relativismo cultural – Aculturación
Fuentes
- Ihara SaikakuNanshoku ōkagami (El gran espejo del amor masculino)Osaka1687
- Gary P. LeuppMale Colors: The Construction of Homosexuality in Tokugawa JapanUniversity of California Press, Berkeley1995
- Gregory M. PflugfelderCartographies of Desire: Male-Male Sexuality in Japanese Discourse, 1600-1950University of California Press, Berkeley1999
- Paul Gordon SchalowThe Great Mirror of Male Love (traducción y estudio)Stanford University Press, Stanford1990
- Tsuneo Watanabe e Iwata Jun'ichiThe Love of the Samurai: A Thousand Years of Japanese HomosexualityGMP Publishers, Londres1989
- Joshua S. Mostow y Asato IkedaA Third Gender: Beautiful Youths in Japanese Edo-Period Prints and PaintingsRoyal Ontario Museum, Toronto2016