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El nanshoku y el shudō

En el Japón de los Tokugawa (1603-1868) el amor entre varones tenía nombre propio, literatura propia, manuales de conducta y un lugar reconocido en el orden social. Se llamaba nanshoku —«colores masculinos», con el sentido de eros masculino— y su versión codificada, con reglas de lealtad y obligación, shudō, abreviatura de wakashudō, «la vía del joven». No era una desviación tolerada ni un secreto: era una de las dos vías del deseo, comparable a la que llevaba a las mujeres, y los tratados de la época discutían cuál de las dos convenía a cada edad y estamento con la misma naturalidad con que discutían de vino o de teatro.

Estampa japonesa de un joven de pie con quimono estampado, peinado con un flequillo alto y un pequeño carro de flores
Fig. 1 Un wakashū en una estampa de Ishikawa Toyonobu, siglo XVIII. La categoría se leía en la cabeza: el flequillo largo, el maegami, y una zona rasurada distinta de la del adulto. No era un disfraz sino una posición social visible que ocupaban todos los varones entre la infancia y la mayoría de edad.Ishikawa Toyonobu · 2013 · Dominio público · Wikimedia Commons

La pieza que hace este caso interesante para la antropología es el wakashū. No era un adolescente sin más: era una tercera categoría de género reconocida, con peinado propio, ropa propia, formas de tratamiento propias y un régimen de deseo específico —podía ser objeto de deseo de hombres adultos y de mujeres, y a la vez desear a mujeres. Se dejaba de ser wakashū en el genpuku, la ceremonia de mayoría de edad en la que se rasuraba el flequillo y se cambiaba el nombre. Es decir: la posición era temporal y obligatoria para todos, no una identidad ni una minoría. Joshua Mostow y Asato Ikeda mostraron en 2016, con las estampas en la mano, que la iconografía de la época distingue tres figuras y no dos, y que buena parte de las bellezas que Occidente catalogó durante un siglo como mujeres eran wakashū.

Pintura japonesa sobre seda de un joven ricamente vestido junto a un monje errante que toca una flauta de bambú
Fig. 2 Wakashū y monje errante con shakuhachi, de Tōsendō Rifū, siglo XVIII (Honolulu Museum of Art). Los monasterios budistas fueron el primer escenario documentado del nanshoku: el vínculo entre un monje y su chigo aparece en fuentes desde el periodo Heian, y la tradición atribuía —sin ninguna base histórica— la introducción de la práctica al monje Kūkai en el siglo IX.Tōsendō Rifū · 1750 · Dominio público · Wikimedia Commons

Los tres escenarios sociales son los monasterios, la clase guerrera y la ciudad. En el budismo, el celibato respecto de las mujeres dejaba abierta una vía que las reglas monásticas no cerraron con la misma firmeza, y la relación entre un monje y su acólito chigo llegó a tener su propia literatura devocional. Entre los samuráis, el shudō se pensó como pedagogía marcial: un guerrero maduro, el nenja, tomaba a un joven bajo su protección, le enseñaba las armas y la etiqueta, y ambos se debían lealtad; el Hagakure (1716) dedica pasajes a las obligaciones de ese vínculo y advierte contra tomarlo a la ligera. En la ciudad, la escena se comercializó: los barrios de placer ofrecían kagema, jóvenes prostitutos, a menudo asociados a los teatros.

Página inicial de un libro japonés impreso en madera, con caracteres verticales y un sello rojo
Fig. 3 Página del Kōshoku ichidai otoko («Vida de un hombre licencioso», 1682) de Ihara Saikaku. El protagonista lleva la cuenta de sus amantes: mujeres y muchachos, en dos columnas, sin que el libro dé ninguna importancia a la diferencia. Cinco años después Saikaku publicó Nanshoku ōkagami, cuarenta relatos dedicados por entero al amor masculino.Ihara Saikaku · 2023 · Dominio público · Wikimedia Commons
Pintura japonesa de un hombre mayor con la cabeza rapada, sentado y vestido con un manto verde
Fig. 4 Ihara Saikaku (1642-1693), retratado poco después de su muerte. Comerciante de Osaka y poeta prolífico —presumía de haber compuesto 23.500 versos en un día—, fue el gran cronista del mundo urbano de su época y el autor de la obra que fijó el repertorio del shudō.Template:Haga · 1693 · Dominio público · Wikimedia Commons

El teatro kabuki ofrece el mejor ejemplo de cómo la política produce categorías estéticas. El wakashū-kabuki, interpretado por jóvenes, se prohibió en 1652 por los disturbios que provocaba la competencia por sus actores —igual que antes se había prohibido el kabuki de mujeres—; la solución fue obligar a los actores a rasurarse el flequillo y presentarse como adultos. De esa imposición administrativa nació el onnagata, el especialista en papeles femeninos, que convirtió la interpretación del género en una técnica transmisible y llevó al extremo la idea de que lo femenino es un repertorio de gestos aprendidos, no una propiedad del cuerpo.

Estampa japonesa en color de un actor de kabuki en papel femenino, con quimono floreado bajo un cerezo y un farol
Fig. 5 Actor de kabuki en papel de mujer, estampa de Toyokuni, siglo XIX. El onnagata no imita a una mujer concreta: interpreta una convención codificada, aprendida y calificable. Es difícil encontrar una demostración práctica más limpia de la distinción entre sexo y rol de género, y es anterior en siglos a que la teoría la formulara.Utagawa, Toyokuni sansei (1786-1864). Illustrateur · 1850 · Dominio público · Wikimedia Commons

La literatura de la época discutía las dos vías del deseo como se discute una preferencia estética, y el género tenía nombre: el shudō ronsō, la disputa sobre cuál de los dos amores es superior. Saikaku dedica a ella el primer relato de Nanshoku ōkagami, y la respuesta —el amor masculino gana— es tan convencional como el elogio del vino en un banquete: forma parte del juego. Ese detalle importa para calibrar el conjunto. Una sociedad que organiza debates retóricos sobre si conviene más el amor de las mujeres o el de los muchachos no está tolerando una minoría: está eligiendo entre dos repertorios disponibles para el mismo sujeto. Gary Leupp añadió a esa imagen la dimensión económica: en las ciudades de Edo y Osaka, con una población masculina muy superior a la femenina por la afluencia de trabajadores y de samuráis desplazados, el mercado sexual masculino tenía tarifas, casas de té especializadas y guías impresas, exactamente igual que el femenino.

Lo que ordena el sistema, como en Grecia, no es el sexo de los participantes sino la asimetría de edad y estatus. Las dos posiciones no son intercambiables: hay un mayor y un menor, y cada uno tiene obligaciones distintas. Por eso no existía una identidad equivalente a «homosexual», y por eso el hombre casado con hijos que mantenía una relación con un wakashū no estaba haciendo nada que exigiera explicación. Gregory Pflugfelder describió el cambio posterior como un paso de una cartografía basada en roles a otra basada en tipos de persona: exactamente la misma transformación que Foucault fecha en Europa, ocurrida en Japón medio siglo más tarde y por importación.

El final es rápido y está documentado. El Japón Meiji, que se reformaba mirando a Occidente, introdujo en 1873 un delito de sodomía —keikanzai— tomado de modelos extranjeros; lo derogó con el código penal de 1880, redactado con asesoría francesa y por tanto sin ese artículo, de modo que la prohibición legal duró menos de una década. La ruptura de fondo no fue penal sino médica: la traducción de la sexología alemana, y muy en particular de Krafft-Ebing, trajo el vocabulario de la perversión y la inversión, y con él la idea de que existe una clase de personas anormales. En una generación, una tradición literaria de siglos se volvió impresentable. No la abolió una ley: la abolió un diccionario.

El amor griegoLa invención de la heterosexualidadLos hijras de la IndiaLos dos espíritusGéneros no binarios transculturalesRol de géneroRelativismo culturalAculturación

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Fuentes

  1. Ihara SaikakuNanshoku ōkagami (El gran espejo del amor masculino)Osaka1687
  2. Gary P. LeuppMale Colors: The Construction of Homosexuality in Tokugawa JapanUniversity of California Press, Berkeley1995
  3. Gregory M. PflugfelderCartographies of Desire: Male-Male Sexuality in Japanese Discourse, 1600-1950University of California Press, Berkeley1999
  4. Paul Gordon SchalowThe Great Mirror of Male Love (traducción y estudio)Stanford University Press, Stanford1990
  5. Tsuneo Watanabe e Iwata Jun'ichiThe Love of the Samurai: A Thousand Years of Japanese HomosexualityGMP Publishers, Londres1989
  6. Joshua S. Mostow y Asato IkedaA Third Gender: Beautiful Youths in Japanese Edo-Period Prints and PaintingsRoyal Ontario Museum, Toronto2016
Sarasola, Josemari (2026). "El nanshoku y el shudō". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-nanshoku-y-el-shudo/

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