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El desciframiento de la piedra de Rosetta

La piedra de Rosetta es una estela de granodiorita de 760 kilos con el mismo decreto grabado en tres escrituras —jeroglífico, demótico y griego—, y su desciframiento entre 1799 y 1824 es el caso fundacional de la lingüística histórica aplicada: demostró que una escritura muerta desde hacía mil cuatrocientos años podía volver a leerse por comparación sistemática. El texto es un decreto sacerdotal del 27 de marzo de 196 a. C., aprobado en Menfis para el primer aniversario de la coronación de Ptolomeo V, que enumera los beneficios del rey a los templos y ordena colocar la estela en cada santuario de primer orden, «en escritura sagrada, en escritura documental y en escritura griega». Es decir, un instrumento burocrático de propaganda ptolemaica, no un texto sagrado, y justamente por eso —por repetido y por datado— fue la llave.

El contexto de su hallazgo es una guerra. La encontraron en julio de 1799 soldados de la expedición de Bonaparte reforzando el fuerte Julien, junto a la localidad de Rashid —Rosetta para los europeos—, en el delta occidental del Nilo. Cuando los franceses capitularon en Alejandría en 1801, el tratado entregó las antigüedades a los británicos, y la piedra navegó a Londres, donde se expone en el British Museum desde 1802; Egipto la reclama periódicamente, y el traspaso sigue siendo un episodio vivo de la disputa sobre el patrimonio cultural. Lo que salvó a la ciencia en la disputa fue que la piedra se multiplicó antes de viajar: se hicieron impresiones de tinta y moldes de yeso que circularon por las academias, de modo que el desciframiento fue una carrera europea sobre copias, no sobre la piedra.

Grabado de un congreso de orientalistas en el British Museum ante la piedra de Rosetta, expuesta en un pedestal inclinado
Fig. 1 Los participantes en el Congreso Internacional de Orientalistas examinan la piedra en el British Museum, en un grabado del Illustrated London News de 1874. La estela ya era la pieza más visitada del museo —lo sigue siendo— aunque su fama es retrospectiva: durante el desciframiento, lo que circuló por Europa fueron las impresiones de tinta, no la piedra.Illustrated London News · 1874 · Dominio público · Wikimedia Commons

El primer avance fue de Thomas Young, el polímata inglés de la interferencia de la luz, que trabajó la piedra desde 1814. Young estableció que la escritura cursiva de la estela —que él llamó encorial— era una forma cursiva del jeroglífico y no un sistema aparte, identificó los cartuchos como los óvalos que encierran nombres reales y propuso una lectura fonética parcial del nombre de Ptolomeo comparando los signos del cartucho con las letras griegas de PTOLEMAIOS. Pero se atascó en una hipótesis de época: creía que la escritura fonética se usaba solo para nombres extranjeros, que los jeroglíficos propiamente dichos eran signos de ideas, y abandonó el problema en 1819 con unas tablas correctas pero sin sistema.

La resolución fue de Jean-François Champollion, y descansó en una llave que Young no tenía: el copto. Champollion sabía que el copto litúrgico de los cristianos de Egipto era el estado final de la lengua egipcia —la lengua de los jeroglíficos, escrita con alfabeto griego y conservada en la liturgia— y dominaba esa lengua desde adolescente. En septiembre de 1822, comparando los cartuchos de Ptolomeo y Cleopatra del obelisco de File —que el anticuario William John Bankes había traído a Inglaterra con su traducción griega—, comprobó que los signos se repetían donde las letras griegas se repetían, construyó un alfabeto fonético y lo aplicó al cartucho de un faraón muy anterior, Ramsés: el disco solar era ra, el dios sol, y la escritura no señalaba una idea sino un sonido, y el sonido era copto. La lectura de la Lettre à M. Dacier en la Academia el 27 de septiembre de 1822 fijó el sistema; el desmayo de Champollion al salir corriendo a casa de su hermano —«ya lo tengo», dijo, y cayó enfermo cinco días— es anecdótico y puede ser apócrifo, pero el resultado no: el egipcio antiguo era una lengua con gramática, y la escritura un sistema mixto de fonogramas, logogramas y determinativos que clasifican la palabra sin pronunciarse.

Lámina impresa con tres columnas de signos alineados: letras griegas, signos demóticos y signos jeroglíficos
Fig. 2 La tabla IV de la Lettre à M. Dacier (1822): cada letra griega con sus equivalentes demóticos y jeroglíficos. Es el documento central del desciframiento y su forma lo explica: no una revelación sino una tabla, porque el método era la comparación signo a signo sobre textos paralelos —el procedimiento que después leería el cuneiforme y el lineal B.Jean-François Champollion, «Lettre à M. Dacier» (1822) · 1822 · Dominio público · Wikimedia Commons

La disputa de prioridad que siguió empaña el relato simple. Young sostuvo que Champollion había tomado su alfabeto sin reconocerlo, y es verdad que los primeros signos del cartucho de Ptolomeo venían de Young; también es verdad que el paso decisivo —el sistema es mixto, la lengua es el copto, la fonética no se limita a los nombres griegos— es todo de Champollion, y que en su Précis du système hiéroglyphique de 1824 el desciframiento dejó de ser una colección de aciertos para ser una ciencia con método. La confirmación vino después de su muerte temprana, en 1832: el decreto de Canopo, otra estela trilingüe datada en 238 a. C. y conocida por una copia de Tanis, fue leído en 1866 por Karl Richard Lepsius con el sistema de Champollion y los resultados casaron signo a signo con el griego, lo que cerró la discusión ante la comunidad. El procedimiento probado en Rosetta se convirtió en el molde de los desciframientos posteriores —el cuneiforme de Behistún que Henry Rawlinson copió colgado de un acantilado en los años cuarenta, el lineal B de Michael Ventris en 1952, los glifos mayas tras Yuri Knórosov—: buscar textos paralelos, aislar los nombres propios, comprobar la hipótesis fonética donde el sistema no la espera.

La objeción más honda no es la de la prioridad sino la del marco: el desciframiento devolvió a Egipto tres mil años de historia legible y, al mismo tiempo, la egiptología nació como una disciplina europea practicada sobre materiales extraídos en contexto colonial, con los egipcios —que conservaban la llave del copto en sus iglesias— como auxiliares y no como interlocutores. La lectura de la piedra fue una conquista de la escritura y también una anexión del pasado.

Retrato pintado de un hombre joven de pelo rizado con un abrigo con cuello de piel, sosteniendo un documento
Fig. 3 Champollion en 1831, retratado por Léon Cogniet el año de su nombramiento como primer catedrático de egiptología del Collège de France. Murió al año siguiente, a los cuarenta y uno. En la mano lleva sus tablas: el oficio que fundó consiste en eso, en ordenar signos hasta que la escritura muerta vuelve a hablar.Léon Cogniet · 1831 · Dominio público · Wikimedia Commons

Lengua escritaSigno lingüísticoDiglosiaPatrimonio culturalTutankamón y Howard Carter

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Fuentes

  1. Jean-François ChampollionLettre à M. Dacier relative à l'alphabet des hiéroglyphes phonétiquesFirmin Didot1822
  2. Jean-François ChampollionPrécis du système hiéroglyphique des anciens ÉgyptiensTreuttel et Würtz1824
  3. Thomas YoungEgyptSupplement to the Encyclopædia Britannica1819
  4. Richard ParkinsonCracking Codes: The Rosetta Stone and DeciphermentBritish Museum Press1999
  5. John RayThe Rosetta Stone and the Rebirth of Ancient EgyptProfile Books2007
Sarasola, Josemari (2026). "El desciframiento de la piedra de Rosetta". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-desciframiento-de-la-piedra-rosetta/

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