El daguerrotipo fue el primer procedimiento fotográfico comercialmente viable de la historia y, durante unos quince años, el modo dominante de hacer fotografías. Consiste en una placa de cobre chapada en plata, pulida hasta el brillo de un espejo, sensibilizada con vapor de yodo, expuesta en la cámara oscura y revelada con vapor de mercurio. El resultado es una imagen única —no hay negativo, no hay copia posible— de una finura de detalle que ningún proceso posterior del siglo XIX igualó, y que hay que mirar en ángulo, porque de frente la placa devuelve el reflejo del propio espectador. Esa rareza física explica buena parte de la fascinación que produjo: no era una estampa, era un objeto.
La invención tiene dos autores y un litigio de fondo. Joseph Nicéphore Niépce, un terrateniente de Chalon-sur-Saône que llevaba desde 1816 intentando fijar imágenes, obtuvo hacia 1826 o 1827 lo que hoy se considera la fotografía conservada más antigua tomada del natural: la vista desde la ventana de su casa de Le Gras, sobre una placa de peltre recubierta de betún de Judea. El betún endurece donde le da la luz y se disuelve donde no, así que la imagen es un relieve, no un depósito de plata; Niépce llamó al método heliografía. La exposición duró horas —la estimación tradicional habla de ocho, investigaciones posteriores sugieren que pudieron ser varios días— y eso se nota en la placa: hay sol en las dos fachadas opuestas del patio, lo que es ópticamente imposible en una sola mañana.

Niépce y Louis Jacques Mandé Daguerre firmaron sociedad en 1829. Daguerre no era químico sino escenógrafo: había hecho fortuna con el Diorama, un espectáculo de grandes telones translúcidos iluminados por detrás que cambiaban de aspecto —de día a noche, de verano a invierno— manipulando la luz, y llevaba años buscando el modo de que la naturaleza pintara sola. Niépce murió en 1833 sin haber acelerado su proceso. Daguerre siguió, y entre 1835 y 1837 dio con dos hallazgos que lo cambiaban todo. El primero es el revelado: una placa de plata yodurada expuesta un tiempo muy corto no muestra nada, pero contiene una imagen latente que el vapor de mercurio hace visible al depositarse solo donde llegó la luz. El segundo es la fijación con una disolución salina, sustituida enseguida por el hiposulfito de sodio. Con eso, la exposición bajó de horas a minutos.

El 7 de enero de 1839 el astrónomo y diputado François Arago anunció el descubrimiento en la Academia de Ciencias sin revelar el procedimiento, y el 19 de agosto lo explicó en sesión conjunta de las academias de Ciencias y de Bellas Artes ante una sala desbordada. Entre medias, el Estado francés hizo algo insólito: en lugar de conceder una patente, compró el invento a Daguerre y al hijo de Niépce a cambio de pensiones vitalicias —6.000 y 4.000 francos anuales— y lo entregó «gratis al mundo». La generosidad tenía dos matices. Uno es que Arago la argumentó ante la Cámara con razones de prestigio nacional y de utilidad científica, no filantrópicas. El otro es que cinco días antes del anuncio público un agente de Daguerre había registrado la patente en Inglaterra, de modo que el único país donde el daguerrotipo no fue libre fue precisamente aquel donde competía el proceso rival de Talbot.

El manual de Daguerre —Historique et description des procédés du daguerréotype et du diorama, publicado por Giroux en agosto de 1839— vendió miles de ejemplares y se tradujo a una docena de lenguas en pocos meses. La difusión fue instantánea y global en un sentido literal: hay daguerrotipos hechos en Nueva York en octubre de 1839, en Río de Janeiro en enero de 1840, en Madrid en noviembre de 1839. Y con la difusión llegó la carrera por lo que el proceso original no permitía: el retrato. La placa de 1839 necesitaba entre diez y veinte minutos al sol, cifra incompatible con una cara humana. Dos mejoras la desmontaron en año y medio. Los aceleradores químicos —bromo y cloro añadidos al yodo— multiplicaron la sensibilidad; y el objetivo que Josef Petzval calculó en Viena en 1840, con una luminosidad de f/3,6 frente al f/16 del original, multiplicó por unas veinte veces la luz que llegaba a la placa. En 1841 un retrato exigía menos de un minuto.

A partir de ahí el daguerrotipo dejó de ser un prodigio para convertirse en una industria. En Estados Unidos, donde no había patente que lo estorbara, prendió con más fuerza que en ninguna parte: hacia 1850 Nueva York tenía unos setenta y siete estudios, y el más famoso, el de Mathew Brady en Broadway, funcionaba como salón de celebridades y como fábrica. Se calcula que solo en Estados Unidos se produjeron entre tres y treinta millones de placas en dos décadas —la horquilla es enorme porque no hay registro fiable—, y la mayoría son lo mismo: retratos de familia, en estuche de cuero y terciopelo, con la placa protegida por un vidrio y un passepartout de latón. El daguerrotipo popularizó una experiencia que hasta entonces era privilegio de quien podía pagar a un pintor: tener la cara de los suyos.

Lo que el daguerrotipo no pudo hacer fue reproducirse. Cada placa es un original irrepetible; para tener dos había que fotografiar dos veces o fotografiar la placa. En una cultura que ya vivía de la estampa y la litografía, esa limitación era estructural, y es la razón última de que perdiera. El colodión húmedo, presentado por Frederick Scott Archer en 1851, daba un negativo de vidrio del que se sacaban copias en papel ilimitadas y con una fracción del coste; hacia 1860 el daguerrotipo era ya una curiosidad. Sobrevivió unos años en su versión barata —el ambrotipo y el ferrotipo imitaban su aspecto sobre vidrio y sobre hierro— y luego desapareció del mercado por completo.
Queda su herencia conceptual, que es mayor que su vida comercial. El daguerrotipo instaló tres ideas que la fotografía arrastra desde entonces. La primera es la de un dibujo hecho sin mano, con la autoridad probatoria que eso confiere: la prensa de 1839 repitió hasta la saciedad que la naturaleza se reproducía a sí misma. La segunda es la del detalle inagotable —los comentaristas se maravillaban de leer con lupa los rótulos de las tiendas en una vista de París—, que fundó la idea de que la fotografía ve más que el ojo. Y la tercera, que solo se hizo visible por contraste cuando llegó el negativo, es que una imagen técnica podía ser también un objeto único, con aura. El siglo siguiente se dedicó a demostrar lo contrario.
La cámara oscura – El calotipo y el negativo-positivo – El colodión húmedo – La carte de visite – Exposición – Aura y reproductibilidad técnica
Fuentes
- Louis Jacques Mandé DaguerreHistorique et description des procédés du daguerréotype et du dioramaAlphonse Giroux et Cie, París1839
- François AragoRapport de M. Arago sur le daguerréotype, Chambre des Députés, 3 de julio de 1839Bachelier, París1839
- Helmut Gernsheim y Alison GernsheimL. J. M. Daguerre: The History of the Diorama and the DaguerreotypeSecker & Warburg1956
- Beaumont NewhallThe History of Photography from 1839 to the PresentThe Museum of Modern Art, Nueva York1982
- Geoffrey BatchenBurning with Desire: The Conception of PhotographyMIT Press1997
- Mary Warner MarienPhotography: A Cultural HistoryLaurence King2014
- Alan TrachtenbergReading American Photographs: Images as History, Mathew Brady to Walker EvansHill and Wang1989