5 min
Editar

Diglosia

La diglosia es la situación en la que una comunidad usa dos variedades lingüísticas con funciones claramente repartidas: una para los ámbitos formales y escritos, otra para la conversación cotidiana. El concepto lo formuló Charles A. Ferguson en un artículo de 1959, y su aportación no fue observar que existen registros distintos —eso lo sabía cualquiera— sino describir un tipo de reparto estable, aprendido y consciente, en el que las dos variedades tienen nombres propios, prestigio distinto y territorios de uso que los hablantes conocen y respetan.

Ferguson llamó A a la variedad alta y B a la baja, y estableció los rasgos del modelo. La variedad alta se emplea en el sermón, la enseñanza, la administración, la prensa y la literatura; la baja, en la casa, con los amigos, en el mercado y en la radio popular. La alta se aprende en la escuela y de forma explícita; la baja se adquiere en la infancia como lengua materna y nadie la estudia. La alta tiene gramáticas, diccionarios y una tradición literaria; la baja apenas se escribe, y cuando se escribe se percibe como transcripción. La alta se considera más bella, más lógica y más apta para expresar el pensamiento, incluso por hablantes que la manejan con dificultad; y —el rasgo decisivo— usar una en el ámbito de la otra produce risa o escándalo: un sermón en variedad baja resulta cómico, y una conversación familiar en variedad alta, pedante o agresiva. Sus cuatro casos de estudio fueron el árabe, el griego, el alemán suizo y el criollo haitiano.

La piedra de Rosetta, con el mismo decreto grabado en jeroglíficos, escritura demótica y griego
Fig. 1 La piedra de Rosetta (196 a. C.): un mismo decreto sacerdotal grabado tres veces —jeroglífico arriba, demótico en el centro, griego abajo—. El reparto no es decorativo: el jeroglífico es la escritura del templo, el demótico la de la vida administrativa y privada egipcia, y el griego la de la corte ptolemaica. La distribución funcional de las variedades, que es el corazón del concepto de diglosia, se puede leer aquí en el orden mismo de las líneas.Fotografía de Donald Macbeth · British Museum · 1922 · Dominio público · Wikimedia Commons

Joshua Fishman extendió el término en 1967 en una dirección que Ferguson había querido evitar: aplicarlo a dos lenguas distintas y no a dos variedades de la misma. Con ello el concepto pasó a describir la situación de la mayoría de las comunidades lingüísticas minorizadas del mundo, en las que la lengua del Estado ocupa los ámbitos formales y la lengua propia queda para el hogar y la vecindad. Fishman cruzó además diglosia y bilingüismo para obtener cuatro casos: bilingüismo con diglosia —la comunidad entera es bilingüe y el reparto funcional es firme—, diglosia sin bilingüismo —una élite habla la variedad alta y el pueblo solo la baja, como en la Europa del latín—, bilingüismo sin diglosia —dos lenguas compiten en los mismos ámbitos, situación que él consideraba inestable— y ninguno de los dos. La endodiglosia nombra en esta tradición el reparto que se produce dentro de una misma lengua entre su variedad estándar y sus dialectos.

Y aquí empieza la discusión que el término arrastra desde entonces. El modelo de Ferguson describía un equilibrio, y la sociolingüística catalana y vasca de los años setenta objetó que ese equilibrio casi nunca existe: lo que se observa en el tiempo largo no es estabilidad sino sustitución. Lluís Vicent Aracil y Rafael Lluís Ninyoles argumentaron que la diglosia es la fase intermedia de un proceso en el que la lengua alta va invadiendo los ámbitos de la baja —primero la administración, luego la escuela, luego el trabajo, luego la crianza— hasta que la baja deja de transmitirse entre generaciones. Desde esa perspectiva, describir la situación como un reparto funcional armonioso es adoptar el punto de vista de la lengua dominante, porque presenta como orden natural el resultado de una relación de poder. De ahí que propusieran hablar de conflicto lingüístico en lugar de diglosia, y que la política de normalización consista precisamente en atacar el reparto: llevar la lengua minorizada a los ámbitos formales de los que fue excluida, es decir romper la diglosia en vez de administrarla.

La evidencia histórica ampara a los críticos más que a Ferguson. De sus cuatro casos, el griego dejó de ser diglósico en 1976, cuando la dimotiki sustituyó oficialmente a la katharévousa después de siglo y medio de pugna con episodios violentos; el criollo haitiano fue reconocido como lengua oficial en 1987 y hoy se escribe y se enseña; el alemán suizo se ha reforzado en la conversación y en los medios hasta ocupar espacios antes reservados al estándar. Solo el árabe conserva un reparto reconocible, y también ahí las redes sociales han producido una escritura masiva en variedades coloquiales que hace veinte años nadie escribía. La estabilidad, en suma, no era un rasgo del fenómeno sino del momento en que se lo observó.

Queda un punto que conviene retener porque explica por qué el concepto sigue siendo útil pese a todo. La diglosia no describe una relación entre lenguas, describe una relación entre funciones sociales y variedades, y por tanto se rompe o se mantiene según lo que ocurre en instituciones concretas: qué se habla en el juzgado, en la consulta médica, en la escuela infantil, en la etiqueta de un producto, en el buscador. El estado de una lengua no se mide por el número de hablantes que declara conocerla —de ahí la insuficiencia de los datos sobre bilingüismo— sino por los ámbitos en los que se usa sin que a nadie le extrañe. Es la misma razón por la que el paisaje lingüístico es un indicador tan fiable: un rótulo dice en qué ámbito se considera normal cada lengua, y eso es exactamente lo que la diglosia mide.

EndodiglosiaBilingüismo aditivo y bilingüismo sustractivoLengua oficialPaisaje lingüísticoLengua nativa, lengua propia, lengua vernácula

Sarasola, Josemari (2026). "Diglosia". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/diglosia/

Una errata, un dato desfasado, un párrafo que falta: edítalo y la redacción revisa tu propuesta.

Sugerir una mejora
§ Tres puertas

¿Por dónde sigues?